Saltar al contenido

Envíos Gratis en 24 - 72H

La dehesa, más que un ecosistema, un modo de vida

La dehesa, más que un ecosistema, un modo de vida

La dehesa es uno de los paisajes más característicos de la Península Ibérica y del bosque de tipo mediterráneo. Podemos encontrarla especialmente en España, pero también en Portugal, donde se conoce como montado, o en otros países de la cuenca mediterránea, pero en ningún lugar tiene el arraigo que sí tiene, sobre todo, en la Comunidad Autónoma de Extremadura, donde la dehesa es toda una institución.

Con casi cuatro millones de hectáreas ocupadas, la dehesa es, por encima de los olivares o las vides, el paisaje más extendido. En este post conoceremos todas sus características, usos, su papel económico, las amenazas a las que se enfrenta y su especial protección.

Para que nos hagamos una idea aún más precisa, en España, Extremadura es la comunidad autónoma con mayor superficie de dehesa, con aproximadamente 1,3 millones de hectáreas, lo que representa alrededor del 40 % de su territorio. Le siguen Andalucía, con cerca de un millón de hectáreas; Castilla-La Mancha, con 751.554 hectáreas; Castilla y León, con 467.759 hectáreas; y la Comunidad de Madrid, con 113.050 hectáreas.

¿Qué es la dehesa?

Técnicamente hablando, la dehesa es un sistema agroforestal característico de la zona occidental de la península ibérica. Se trata de un ecosistema artificial creado, transformado y mantenido por la acción humana a lo largo de siglos, derivado del bosque mediterráneo y basado en un equilibrio entre aprovechamiento económico y conservación ambiental. 

En España, su superficie ocupa aproximadamente tres millones de hectáreas, superando incluso la extensión dedicada al olivar y a los viñedos, y se distribuye principalmente por zonas del suroeste y oeste peninsular, como las provincias de Córdoba, Salamanca, Extremadura, Huelva, Jaén, la Sierra Norte de Sevilla y áreas del piedemonte del Sistema Central, como Talavera de la Reina, los Montes de Toledo o el Monte del Pardo. También se extiende por las regiones portuguesas de Alentejo y Algarve. En conjunto, su extensión total se estima entre dos y cuatro millones de hectáreas.

El término “dehesa” procede del latín defensa o defesa, que significa “defensa”, ya que las dehesas originales se trataban de terrenos vallados donde pacían los rebaños y que debían ser defendidos. 

Como decíamos, una dehesa es una superficie con árboles dispersos o relativamente separados entre sí, principalmente encinas, alcornoques y otras especies del género Quercus, con una densidad de arboleda bastante baja, y que se encuentran acompañadas por un estrato inferior de pastizales o matorrales. A diferencia de un bosque virgen, donde la intervención humana es escasa o inexistente, en la dehesa la actividad humana ha sido continua e intensa en prácticamente todo el entorno. Además de las especies predominantes, pueden encontrarse otros árboles como quejigos, rebollos, fresnos y pinos, así como vegetación arbustiva formada por jaras o retamas. El hecho de que el humano modifique haya modificado y mantenido este tipo de paisaje durante siglos ha dado como resultado la creación de un rico ecosistema propio de la dehesa.

Actualmente, la producción principal de la dehesa es la ganadería extensiva o semiextensiva, aprovechando no solo los pastos herbáceos, sino también otros recursos naturales como frutos, madera y productos forestales tan valiosos como el corcho proveniente del alcornoque. En cuanto a ganadería, a pesar de que también se emplea para el mantenimiento de ganado vacuno, ovino y caprino,la dehesa es principal ecosistema del cerdo ibérico. Otro uso de la dehesa, que está ganando popularidad, es el cinegético, además del aprovechamiento de recursos forestales como leña, setas u otros productos.

La gestión de una dehesa requiere un mantenimiento constante para garantizar su productividad y su equilibrio ecológico. En una dehesa típica, los árboles pueden mantenerse durante aproximadamente 250 años. Cuando existen alcornoques, el corcho se extrae periódicamente cada nueve o doce años, dependiendo de la productividad del lugar. 

Asimismo, el sotobosque suele limpiarse cada siete o diez años para evitar que determinadas especies arbustivas, como las jaras de la familia Cistaceae —conocidas comúnmente como “jara pringosa”— o las plántulas de roble dominen el espacio forestal. La disposición dispersa de los árboles no es casual, sino que busca maximizar la productividad total del ecosistema, equilibrando la entrada de luz necesaria para los pastos, el aprovechamiento del agua del suelo y la producción de bellotas destinadas tanto al ganado como a los animales silvestres.

Extensión y aprovechamientos de la dehesa

La importancia de este ecosistema ha llevado a desarrollar iniciativas específicas para su conservación y valorización. En Extremadura, por ejemplo, dentro de las bases del plan Estrategia de Economía Verde y Circular Extremadura 2030, se impulsó un proyecto destinado a poner en valor el potencial social, cultural, ambiental y económico de la dehesa extremeña.

Y es que la dehesa representa un modelo productivo que integra múltiples aprovechamientos, como ya hemos comentado, lo cual la convierten en un ejemplo claro de economía circular aplicada al medio rural, donde prácticamente todos los recursos son aprovechados y reutilizados, a pesar de que también se enfrenta a numerosos desafíos, como ahora veremos.

El cerdo ibérico como símbolo de la dehesa

El cerdo ibérico, especialmente el de raza pura, está perfectamente adaptado al ecosistema de la dehesa y representa uno de sus elementos más emblemáticos. Estos animales viven en libertad, disponiendo de amplios espacios abiertos sin barreras físicas, donde reciben una alimentación natural y desarrollan un comportamiento acorde con su entorno. Durante el otoño, en el periodo conocido como montanera, los cerdos se alimentan principalmente de bellotas caídas de las encinas.

La importancia de la dehesa para la producción del cerdo ibérico queda recogida en el Real Decreto 4/2014, que regula esta actividad y establece que, para que un terreno sea considerado dehesa, debe disponer de una cubierta arbórea media mínima de diez árboles por hectárea. La intervención humana en este proceso se limita fundamentalmente al mantenimiento adecuado del territorio y de sus condiciones ecológicas.

Aprovechamientos agrícolas

Además de la actividad ganadera, la dehesa posee una importante función agrícola. En las zonas con suelos más fértiles se desarrollan cultivos mediante sistemas rotacionales, destacando cereales como la cebada y la avena, junto con leguminosas forrajeras y cultivos como el girasol.

Las labores de roturación, cuando las condiciones del terreno lo permiten, se realizan en periodos largos con el objetivo de mantener el suelo limpio y favorecer la regeneración de los pastos. El resto de la superficie generalmente no se cultiva y únicamente se limpia de matorral y vegetación invasora cuando estos amenazan el equilibrio de las praderas.

Asimismo, la producción de leña y de derivados tradicionales como el carbón vegetal y el picón representa uno de los aprovechamientos históricos más antiguos asociados a las dehesas, aportando un valor añadido al arbolado.

Un ecosistema de gran riqueza natural

La dehesa destaca por albergar una elevada biodiversidad, consecuencia de la variedad de microhábitats que la conforman. La combinación de zonas de arbolado disperso, áreas de transición y sectores con matorral o vegetación más densa crea una gran diversidad de nichos ecológicos capaces de sostener numerosas especies animales y vegetales.

En este ecosistema pueden encontrarse alrededor de sesenta especies de aves, más de veinticinco especies de mamíferos y una gran variedad de reptiles, anfibios e invertebrados, además de cientos de especies vegetales.

La dehesa constituye también un importante refugio para especies amenazadas, como el lince ibérico, la cigüeña negra, el águila imperial ibérica y el buitre negro. Junto a ellas conviven otras especies como la grulla común, la abubilla, el gato montés, el zorro rojo, el milano real, la perdiz roja, el lagarto ocelado y el alcaraván común, entre otras muchas especies típicas de este paisaje.

Problemas actuales y amenazas de la dehesa

A pesar de su gran capacidad de adaptación y de su reconocimiento como un sistema de alto valor ecológico, económico y cultural, la dehesa se enfrenta actualmente a importantes amenazas que ponen en riesgo su conservación y sostenibilidad a largo plazo. Como son:

Cambio climático y degradación del ecosistema

Uno de los principales retos actuales es el cambio climático, que está provocando un aumento de la frecuencia e intensidad de los periodos de sequía. La disminución de las precipitaciones y el incremento de las temperaturas afectan directamente a la productividad de los pastos y a la actividad ganadera, además de dificultar la regeneración natural del arbolado.

A esta situación se suma la expansión de modelos de agricultura intensiva en áreas cercanas a las dehesas. Esta transformación del territorio provoca una fragmentación progresiva del ecosistema, lo cual también reduce la conectividad entre espacios naturales y limita la capacidad de numerosas especies para desplazarse, reproducirse y mantener poblaciones estables.

La seca, una amenaza para el arbolado

Entre los problemas sanitarios más graves que afectan a la dehesa destaca la seca, una enfermedad que afecta principalmente a las especies pertenecientes al género Quercus, como encinas y alcornoques. Esta patología constituye una de las principales causas de desaparición de miles de hectáreas de dehesa y provoca un progresivo debilitamiento y muerte del arbolado.

Se trata de un fenómeno complejo, pero desde los años 80 se ha identificado a un organismo como el principal culpable: el oomiceto Phytophthora cinnamomi, un microorganismo que se sitúa evolutivamente entre los hongos y las algas. Esta distinción es crucial porque, a diferencia de la mayoría de los hongos del suelo, los oomicetos pueden moverse por el agua. Phytophthora cinnamomi produce zoosporas, estructuras con flagelos que literalmente "nadan" en el agua del suelo para localizar y colonizar las raíces de los árboles y dañarlos severamente.

La gravedad de este problema radica en que, hasta el momento, no existe un tratamiento completamente eficaz que permita controlar o eliminar la enfermedad de manera definitiva, lo que incrementa la vulnerabilidad de este ecosistema.

Empobrecimiento y degradación de los suelos

La calidad del suelo constituye otro aspecto que preocupa especialmente en la conservación de las dehesas. Su deterioro responde a diversos factores que, de forma acumulativa, reducen su fertilidad y capacidad productiva.

Entre las principales causas destacan:

  • La sobrecarga ganadera.

  • El desbroce excesivo o inadecuado.

  • Las roturaciones incorrectas del terreno.

  • Las prácticas de manejo ganadero poco sostenibles.

  • La pérdida de cobertura vegetal protectora.

Estas alteraciones afectan directamente a la regeneración de los pastizales y del arbolado, reduciendo progresivamente la capacidad productiva del ecosistema.

El marco legal de la dehesa

La Unión Europea, consciente del valor ecológico, económico y cultural de la dehesa, ha desarrollado distintos instrumentos de apoyo al medio rural. Entre ellos destacan programas como LEADER y PRODER, así como los proyectos LIFE, que engloban diversas líneas de actuación orientadas a impulsar iniciativas innovadoras en el medio rural. Su finalidad principal es fomentar el desarrollo sostenible, favorecer la fijación de población en el territorio y reducir el despoblamiento rural provocado por el éxodo hacia las ciudades.

La Ley 7/2010

El marco legal más relevante para la protección de la dehesa en España es la Ley 7/2010, de 14 de julio, que establece las bases para la gestión sostenible de este ecosistema, especialmente en Andalucía.

Esta normativa tiene como objetivo garantizar que las actividades forestales, agrícolas y cinegéticas puedan desarrollarse de manera compatible con la conservación del equilibrio ecológico. Para ello, la ley promueve un modelo de aprovechamiento sostenible que evite la sobreexplotación del territorio y asegure la regeneración natural del ecosistema.

Uno de los instrumentos fundamentales de esta ley son los Planes de Gestión Integral (PGI). Estos planes están diseñados para regular el uso de la dehesa, aseguran que el aprovechamiento ganadero y los distintos usos productivos se realicen respetando la capacidad de regeneración del sistema natural.

Extremadura y la Estrategia de Economía Verde y Circular

En este contexto de protección y valorización, Extremadura desempeña un papel fundamental, al ser la comunidad autónoma con mayor superficie de dehesa. Con el objetivo de potenciar su conservación y desarrollo, la región ha integrado la dehesa en su Estrategia de Economía Verde y Circular 2030.

Este plan impulsa un proyecto específico destinado a poner en valor el potencial social, cultural, ambiental y económico de la dehesa extremeña, promoviendo su sostenibilidad y su adaptación a los retos del futuro.